lunes, 1 de mayo de 2017

Héroes caídos

Héroes caídos

              -¡Ya te dije que no Bryan, no te voy a llevar y no insistas o le diré a mamá!- le había dicho Esteban a su hermano menor antes de irse a una marcha en Altamira.
            Se fue confiado, todo al principio estuvo bien pero, luego las cosas se salieron de control, unos militares se lo llevaron junto a otros jóvenes por tres largos meses en los que fueron cruelmente torturados. Hasta que un día los dejaron ir, sin embargo sus vidas ya no eran las mismas. Esteban había cambiado muchísimo; no hablaba, no jugaba, no reía, no lloraba, no vivía. Estaba como detenido, no se atrevía a proseguir y llevaba siempre algo en el gesto vacilante y temeroso.
        Sumergido en su dolor, todo lo demás le era ajeno, la luz del sol, las oportunidades de la vida y las manecillas del reloj que intentaban comunicarle que el tiempo seguía en marcha, que no se detuvo antes y no lo haría ahora. Tal vez también quiere decirle que son las dificultades las que piden esfuerzo, que es el dolor el que forja a los grandes hombres y que mejor que decir Caracas es la ciudad de las dificultades, es decir que es la ciudad de las oportunidades para crecer y ser grandes hombres.
          La vida de Bryan, el hermanito pequeño de Esteban, también había cambiado, debido a que los militares que admiraba tanto le habían robado la sonrisa a su hermano. Por ello recuerda con dolor aquel día en que los había visto en la calle presumiendo su uniforme.
           -Quiero ser como ellos- le había dicho a Esteban, en aquella oportunidad.
           -No seas tonto hermanito, esos no son más que delincuentes disfrazados de autoridad- le contesto Esteban.
        -No soy tonto, tú eres el tonto Esteban- había refutado Bryan molesto.
         Ahora comprendía lo que había querido decir su hermano; cuando se sentía solo iba a alguna plaza de la gran ciudad a mirar los recuerdos de la rebeldía y libertad de los románticos, de los amantes de Caracas, de esos hombres de verde que actuaban ante las dificultades y del hermoso y trágico destino de ésta. Ellos ya no existían, habían sido reemplazados por seres sin valores, ética u honor. La ciudad lloraba por no tener a sus defensores y todos sus habitantes ahora se preguntaban: ¿Quién actuaría ante la injusticia y sería el ejemplo de los niños?
      Mientras en alguna parte de Caracas, el Gloria al Bravo Pueblo era entonado y, Gonzales, uno de los militares que se había llevado a Esteban y aquellos jóvenes, se preguntaba el por qué no se dedicó a otra cosa; al principio lo hizo por el status que le brindaba la carrera militar y por sus hermanitos, que al irse su padre lo consideraron a él como esa figura paterna, pero luego ya no tenía sentido, tal vez seguía allí por miedo al fracaso y por esa vil ideología que se convirtió en moda y luego en fanatismo. Como quisiera él un mundo mejor donde sus manos no estén manchadas de sangre y en su conciencia no pese tanto dolor.
         Sin embargo todo queda en un simple deseo pues al terminar la gloriosa música pide perdón antes de gritar “Patria, socialismo o muerte”.

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