Héroes caídos
-¡Ya te dije que no Bryan, no te voy a llevar y no insistas o le diré
a mamá!- le había dicho Esteban a su hermano menor antes de irse a
una marcha en Altamira.
Se fue confiado, todo al principio estuvo bien pero, luego las cosas
se salieron de control, unos militares se lo llevaron junto a otros
jóvenes por tres largos meses en los que fueron cruelmente torturados.
Hasta que un día los dejaron ir, sin embargo sus vidas ya no eran las
mismas. Esteban había cambiado muchísimo; no hablaba, no jugaba, no reía,
no lloraba, no vivía. Estaba como detenido, no se atrevía a proseguir
y llevaba siempre algo en el gesto vacilante y temeroso.
Sumergido en su dolor,
todo lo demás le era ajeno, la luz del sol, las oportunidades de la
vida y las manecillas del reloj que intentaban comunicarle que el tiempo
seguía en marcha, que no se detuvo antes y no lo haría ahora. Tal
vez también quiere decirle que son las dificultades las que piden esfuerzo,
que es el dolor el que forja a los grandes hombres y que mejor que decir
Caracas es la ciudad de las dificultades, es decir que es la ciudad
de las oportunidades para crecer y ser grandes hombres.
La vida de Bryan,
el hermanito pequeño de Esteban, también había cambiado, debido a
que los militares que admiraba tanto le habían robado la sonrisa a
su hermano. Por ello recuerda con dolor aquel día en que los había
visto en la calle presumiendo su uniforme.
-Quiero ser como
ellos- le había dicho a Esteban, en aquella oportunidad.
-No seas tonto
hermanito, esos no son más que delincuentes disfrazados de autoridad-
le contesto Esteban.
-No soy tonto, tú eres
el tonto Esteban- había refutado Bryan molesto.
Ahora comprendía lo
que había querido decir su hermano; cuando se sentía solo iba a alguna
plaza de la gran ciudad a mirar los recuerdos de la rebeldía y libertad
de los románticos, de los amantes de Caracas, de esos hombres de verde
que actuaban ante las dificultades y del hermoso y trágico destino de
ésta. Ellos ya no existían, habían sido reemplazados por seres sin
valores, ética u honor. La ciudad lloraba por no tener a sus defensores
y todos sus habitantes ahora se preguntaban: ¿Quién actuaría ante
la injusticia y sería el ejemplo de los niños?
Mientras en alguna parte de Caracas,
el Gloria al Bravo Pueblo era entonado y, Gonzales, uno de los militares
que se había llevado a Esteban y aquellos jóvenes, se preguntaba el por qué
no se dedicó a otra cosa; al principio lo hizo por el status
que le brindaba la carrera militar y por sus hermanitos, que al irse
su padre lo consideraron a él como esa figura paterna, pero luego ya
no tenía sentido, tal vez seguía allí por miedo al fracaso y por
esa vil ideología que se convirtió en moda y luego en fanatismo. Como
quisiera él un mundo mejor donde sus manos no estén manchadas de sangre
y en su conciencia no pese tanto dolor.
Sin embargo todo
queda en un simple deseo pues al terminar la gloriosa
música pide perdón antes de gritar “Patria, socialismo o muerte”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario