Mi pecado
Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir. Eran más de las seis de la tarde, había salido temprano de la universidad, me encontraba en el centro de Caracas admirando su belleza mientras las personas con su agitado trote miraban la hora en sus preciados teléfonos y el desdén del semáforo que se burlaba de ellos. Después de un extenso y tedioso tiempo de espera en una cola de gente que parecía interminable logré montarme en el autobús que se suponía ...me llevaría a mi hogar, el mismo se puso en movimiento y en ese momento sucedió, cinco hombres armados salieron de la parte de atrás del transporte no había piedad en sus ojos.
–Dejen que hagamos nuestro trabajo –Decían, mientras golpeaban a los pasajeros y les arrebataban sus pertenencias. Uno de los hombres disparó a unos centímetros de mí, solo escuche un horrible y ensordecedor sonido y luego sentí el frío metal del arma en mi sien.
¿Cómo llegué aquí? ¿Qué hice? ¿Cuál es mi pecado? Me pregunte a mismo tiempo que precipitadamente se cerraron mis ojos y a mi mente arribó un primer recuerdo. Me rememoro a los cuatro años de edad, cuando peleaba con mamá porque yo quería ponerme por cuarta vez en la semana mi vestido azul. Mis rizos eran los más hermosos que pueden existir y mi mirada iluminaba al mundo. Me sentía una princesa, yo era una princesa, al menos eso decía mi papá. No fue hasta que me tuve que ir de la ciudad a un pueblo lejano cuando me di cuenta que los cuentos de hadas solo están en los libros. No pasaba ni un solo día en el que la realidad no se mofara de mí, supe lo que es tener hambre y nada para comer, tuve frente a mí un destino que no acepté y un sueño por el que me desvelé. Cada cumpleaños era el mismo deseo; volver a la ciudad.
Tal vez ese fue mi pecado, soñar demasiado, no conformarme con la vida que me fue designada. De mis cerrados ojos una lágrima corre y un segundo recuerdo viene a mí. Ya tenía diecisiete años cuando regrese a la gran ciudad, era un sueño hecho realidad. Las autopistas, el ruido, la gente luchadora, despierta y activa. El mundo al que pertenezco, el que me dibujó una sonrisa que conservo y conservaré hasta el final de mi vida.
Vuelvo a la realidad, ya no tengo miedo, mis ojos se abren y por alguna razón el arma es alejada de mi cabeza. Los cinco delincuentes se bajan del autobús llevando consigo sus armas y nuestras cosas. Estoy viva y mi sonrisa sigue allí, mi pecado es mi razón de vivir.
Alexmishel

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